Xaan Paul Ak`ach`(Doña chunta paulina) PDF Imprimir E-Mail
Escrito por Augusto Ramiro Argueta López, Segundo lugar, XIX Juegos Florales “Eduardo Lemus Dimas” Tactic A.V.   
miércoles, 27 de agosto de 2008
Todos se miraban intranquilos y atormentados, la sequía se había prolongado más de la cuenta; generalmente el día tres de mayo, día de la Santa Cruz, aparecían las primeras lluvias acompañadas de fuerte tempestad. Ya se aproximaba el mes de junio y no había esperanzas del preciado líquido. El trino melancólico del cenzontle se oía por las madrugadas y al finalizar las tardes calurosas; los últimos tocorones, con su canto lastimero, no hacían más que humedecer los árboles de k’ante y tz’uyuy de tantos meados entre canto y canto prolongado y llorón. Las viejitas decían que aquellos animalitos esperaban el mux aaj (atole de maíz tierno) para finalizar su corta vida.

Esa noche, Dios sin duda escucho el clamor de la gente.

Antes de las ocho de la noche los gallos empezaron a cantar.

-Son de buen augurio decían muy seguros los ancianos, pues cuando los gallos cantan antes de las ocho de la noche, es seguro el aguacero.

Por otra parte, la qana’ Kat, les dijo a sus nietos:

-Esta noche va a llover, toda la tarde me han estado picando estos malditos cayos que no me han dejado en santa paz.

Efectivamente, en la madrugada se escuchó un breve chubasco que puso en aprietos a muchos labriegos que una razón no habían quemado sus rozas. Temerosos esperaron que calentara el sol para prenderle fuego a sus rozas antes de que entablara la lluvia copiosa. La tarde fue espantosa, por todas partes se veían las faldas de los cerros que vomitaban enormes llamaradas y una nube densa con olor a broza quemada volvió a tapar el sol. Por todas las direcciones se escuchaban el griterío de la gente que quemaba sus rozas, era un secreto para que brotara en abundancia el mak’uy (hierba mora).

Son muchas las creencias que se han guardado desde antaño en este querido Chi K’ajb’om; lamentablemente poco a poco se ha ido perdiendo y únicamente ha quedado latente en quienes tienen enterrado el ch’up (ombligo) en esta tierra bendita llena de tradiciones y leyendas.

Decíamos pues:

La tarde estaba tremendamente calurosa, las señoras sacaron sus acapetates, butacas y pequeños bancos frente a sus ranchos para refrescarse un poco; con la ayuda de sus delantales se restregaban la cara y los brazos para secarse los chorros de sudor que les escurría por todo el cuerpo. Otras con mucho disimulo habrían las piernas y se abanicaban con sus mismas enaguas dándose aire hasta dónde les es ya prohibido enseñarle a los hombres...

Mientras tanto, en el rancho humilde de ma’ Mek, se vivía una gran angustia; su pequeño hijo desde las primeras horas de la mañana despertó pegando grandes gritos, pataleaba y no recibía la chiche, se ponía morado y cada vez, mas ronco de tanto llorar, de los ojos ya no le brotaban lágrimas; la boca la tenía seca y el pobre niño no encontraba sosiego.

La pobre Juana trataba de hacerle las diligencias que estaban a su alcance, y no había modo de calmarlo. Qana’ Nela, una vecina de gran corazón, al escuchar los llantos, llevó a media mañana una porción de apazote molido creyendo que las lombrices las tenía alborotadas.... Y es que, nuestras viejitas se las saben todas: Cuando a un chiris le duele la barriga, suelen sobarlo con saliva, preferible de una mujer primigesta; si se quejan de dolores de cabeza, les colocan unas hojas de ciguapate untadas con un poco de cebo caliente; para la indigestión les dan brazas apagadas con una pizca de sal y una cucharadita de aceite de comer; si el paciente amanece con los ojos pegados por los cheles, entonces les untan achiote alrededor de los ojos, aseguran que tiene resultados curativos muy buenos.

¡Ah..!, nuestras benditas costumbres y secretos que se guardan con tanto primor en esta bendita tierra que habitaron nobles k’ajb’omes....

Y así...., cuando una mujer está en período de gestación y se forma un eclipse, les cuelgan a media barriga un manojo de llaves prendidas con ganchos en una cinta colorada, esto para que el niño que está próximo a nacer no traiga deformaciones.

Ma’ Mek atormentado al ver que los remedios que vendía don Lalo Valdez, no le daban mejoría el enfermo, fue por el curandero del pueblo, Ma’ Ogen Che, lamentablemente este señor estaba desde una noche antes en la aldea de Chaslaw.- Esa noche la luna estaba propicia para hacerle watesii’l a un enfermo que estaba bajo su control.

Por el barrio de San Jacinto, sobre los borditos, camino al chorro, (balneario ya desaparecido) vecina de ma’ Nas Chub y ma’ Parran Tzalam, vivía una vieja curandera, qana’ Paul Bolom. Delgada y de mediana estatura, llevaba chirajos de güipil y una mugrienta enagua. Todos le tenían miedo, sobre todo los niños. Era por su aspecto y vestimenta, comentaban quienes la conocían, a pesar de ello, en el pueblo la buscaban con frecuencia para curar a los enfermos. Toda ella sucia y harapienta, siempre con el gran rax may prendido a la boca, argumentaba que era por los mosquitos que no la dejaban ni un solo instante, pero había una poderosa razón, ella era adicta al b’oj, raras veces se bañaba, el pelo lo mantenía enmarañado y lógicamente aquel fermento hediondo, hacía que despidiera un fétido olor que lo hacía a uno revolverle las tripas...., olor a excusado viejo, a excremento asoleado de tres días… así eran los comentarios de la gente.

Ma’ Mek le suplico que fuera a ver al enfermo, la viejita voluntariosa, se acercó al altar de sus santos para empinarse el guacal de b’oj y marcho hacia la casa del paciente con un pato bajo el brazo para pasarlo en cruz al pequeño paciente. Por las explicaciones que le diera el atormentado padre, pensó que se trataba de que alguien, había ojeado al patojo.

Al entrar al cuarto, el niño se aferró de qana’ Nela y empezó a temblar de miedo, lo cual no había manera que el patojo se dejara curarse y mucho menos que se acercara la xaan Paúl. Defraudada, tuvo que regresar a su casa bastante mal humorada y molesta. Dos horas más tarde, el enfermo empezó a brincar en el sueño y una gran fiebre se apoderó del pequeño infante, lo que vino a complicar la situación de sus atormentados padres.

A la mañana siguiente, muy de mañana, ma’ Mek volvió a casa de ma’ Ogen Che quien no se hizo esperar, enterado a los quebrantos de la salud del pequeño enfermo, los dos volvieron presurosos a la casa de ma’ Mek..

El viejo curandero le tomo el pulso y rezo oraciones en el oído del enfermo, oraciones que solo él entendía. Seguidamente lo puso de cabeza para darle dos fuertes palmadas en la planta de los pies, le introdujo el dedo pulgar en la boca y haciéndole presión en el paladar lo acostó en el camastrón. Minutos más tarde el niño dejó de llorar. Ma’ Ogen, sonriente les dijo que al niño se le había hundido la mollera, pero las fuertes fiebres eran por susto, entonces les pregunto:

-¿No se recuerdan si alguna persona lo haya asustado?

- Necesito un poco de pelo para poderlo desahumar, así el enfermo pronto tendrá alivio.

Sin dudar un segundo dijeron que qana’ Paúl Bolom había llegado bastante tomada y al acercarse al niño, éste se había puesto a temblar y haber llorado mucho.

Inmediatamente ma’ Mek corrió al rancho de la curandera, quien no pudo disimular su enojo al escuchar que ma’ Ogen Che la acusaba de ser la causante de la enfermedad del patojo, había pues que darle un poco de pelo para desahumar al enfermo.

Dos horas más tarde el niño dormía placenteramente.

Una de tantas tardes, ma’ Ogen regresaba a su casa cuando se encontró con qana’ Paúl, quien iba pasada de copas, la vieja se paró a media calle como interrumpiéndole el paso y no pudiendo contener la cólera y guardar su malestar, le grito con cólera a su colega:

-Ismal kuy…, ismal kuuuuy...., ja. ja, ja ja, ja.

Ma’ Ogen no comprendió lo que en ese momento xaan Paúl le quería decir. El enojo fue en aumento, la viejita continuó gritando:

Maa min naq’a ch’ola.

Ismal kuy, ismal kuy naka b’aneb’ eb’ la yaj: ja, ja, ja, ja, ja.

Tiro una escupida pegajosa y amarillenta, como en señal de repudio y desprecio y continuó trastabillando para su rancho.

Tiempo después ma’ Ogen se enteró que aquella noche, la xaan Paúl le había mandado pelo de una cocha recién parida con ma’ Mek para desahumar al pequeño enfermo....

El tiempo trascurrió, china Manú, se hizo grande. En la escuela, la patojada que nunca perdona nada, le apodaron “ismal kuy” (pelo de coche), apodo que llevó durante toda su vida.

Años después, serían las seis de la tarde, y por aquel desolado barrio de San Jacinto, ma’ Ogen vio que qana’ Paúl llevaba una chunta bajo el güipil, iba trastabillando y el pobre animal sacaba la cabeza para poder tomar un poco de aire. Ma’ Ogen la siguió a cierta distancia y cuando vio que xaan Paúl entró a su casa, el viejo pensó en vengarse, de inmediato se presentó a la policía, acusándola de haberse hurtado el animal.

Fue sentenciada xaan Paúl, por castigo tenía que llevar a la chunta abajo el brazo por todas las calles del pueblo hasta devolverla a su dueño, aparte, durante ocho días la pusieron a barrer los corredores del cabildo y toda la plaza.

Desde entonces, fue bautizada como Xaan Paúl Ak’ach’, y nuevamente la chiquillada, cuantas veces la veía, se escondían para luego chiflarle: Chooom pi, piii, piiii, piiiiii…. Choooom, pi, piii, piii, piiii…

La encolerizada mujer, se paraba y con una ensarta de insultos gritaba por todos lados sin poder ver a los traviesos patojos que no la dejaban ni a sol ni sombra. Entre tanto insulto los amenazaba en transformarlos en sapos y ranas..., y como repudio a sus adversarios, se levantaba las naguas para enseñar las piernas retorcidas como candelas de xulum y algo escondido más arriba.....

Una noche corrió la noticia que la xaan Paúl ak’ach’ había muerto. Corría un viento huracanado, la lluvia caía a torrentes, las chiflidos de las lechuzas se escuchaban por todas partes.., la pulgas se alborotaron en los ranchos y muchos aseguraban haber escuchado en la sobra de la anoche el chiflido de:

Chom pi, pii, piii, piii, Chom pi, pii, piii, piiii, Chom pi, pii, piii, piiii, piiii….,

Otros se persignaban y escupían por tres veces al cielo para jurar por la santa madre que les había dado la vida, haber escuchado los desgarradores gritos que solía dar la viejita curandera, gritos que finalizaba con grandes insultos enseñando las arrugadas nalgas a toda la patojada que soltaba las alegres carcajadas escondidos en los borditos del inolvidable barrio de san Jacinto.




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