Se escuchaba con fuerte voz anunciando la llegada de Chico Son o Pedro Sajché, dos comerciantes que periódicamente visitaban Senahú, de casa en casa y a pie para llenar el vacío de la coquetería innata al ponernos al corriente del último grito de la moda concerniente principalmente en telas.
…Ambos eran originarios de San Cristóbal Totonicapán, jamás coincidieron en su estadía y probablemente se cruzaron alguna vez en algún lugar del vasto trayecto que recorrían, ni siguiera sabemos si se conocían o a lo mejor planificaban para no reunirse en el mismo lugar. Los recuerdo desde que era yo una niña, Chico era alto y el o sus ayudantes de baja estatura; Don Quijote y Sancho Panza.
Según contaba Chico, que tenía una conversación muy amena (no así Pedro, que era parco y “al mandado y no al retozo”) que en un principio llegaba de Guatemala en el transporte la Cobanerita a Tactíc. Desde allí y cargando sus bultos, (más adelante en lomo de mula) se movilizaban a pie de finca en finca y de pueblo en pueblo, Tamahú, Tucurú, Pancajché, La Tinta, El Rosario, Telemán, Panzós y Senahú.
Después de muchos años de bregar por la zona del Polochic, se animó a comprar un picop color rojo, que él mismo manejaba con mucha lentitud en su inicio y no digamos prudencia, no volvía a ver y hasta mucho tiempo después y ya habiendo adquirido pericia saludaba y decía “adiós”.
Nos contaba que con el fruto de su sacrificado trabajo tenía hijos profesionales y que cada cierto tiempo los visitaba. Fue le portador de la noticia del asesinato del Presidente Kennedy de los Estados Unidos que acababa de escuchar por radio.
-Pase adelante Chico o –Pase adelante Pedro, se le decía cuando llegaban. Inmediatamente que entraban, soltaban su mantas que cubrían la mercancía. En el primer envoltorio había una caja de madera con compartimientos conteniendo mercería que era la primera pobre víctima de nuestra curiosidad: hilos, agujas de máquina de coser, crochet, tijeras, dedales, broches, remaches, alfileres, violinetas, jabones, pasta de dientes, alhajas sencillas, ganchos de ropa y de pelo, brillantinas y perfumes desde cuatro rosas hasta 4711 (inglés), razuradoras, Gillette, etc.
Cubríamos nuestras necesidades y luego a ver la telas que iban en grandes bultos ¡Que bellezas! Éramos la sensación entre las amigas en Cobán donde estudiábamos pues llegaban antes a los pueblos que a la cabecera departamental y con servicio a domicilio.
Cuando abrían el bulto de la ropa interior, nuestra admiración era grande, llevaban desde Mont Blanc hasta la finísima seda “bember”. Para caballeros también llevaban cortes de casimir, ropa interior, calcetines, camisas, etc.
Luego de las nuevas adquisiciones, amortizábamos la cuenta anterior y a apuntar la nueva. Durante mis primeros dieciocho años de trabajo parte de mi presupuesto mensual era para alguno de los dos. Chico no era muy exigente pero Pedro sí. El primero se conformaba con lo que le diéramos y el otro no permitía ni cuentas muy grandes ni plazos muy largos. También nos atrevíamos a hacer encargos especiales pues ambos tenían muy buen gusto; Pedro más que Chico, llevaban telas de Cairo, famoso almacén de la sexta avenida y novena calle de la zona 1 de la ciudad capital, que todavía existe, más exclusivas y no repetidas. Chico sí y a raíz de ello a veces andábamos tres o cuatro personas con vestidos iguales.
Después de que se iban, sobre todo si se acercaba alguna fiesta importante: La feria de junio, Concepción, Navidad, Año Nuevo y Semana Santa, corríamos a los modistas: Doña Rosita y su hija Sofiíta, doña Luch (Candelaria de del Valle), Ricardo Vaides para que nos confeccionaran los vestidos.
Los años no pasan en vano. Dejaron de llegar, un recuerdo especial para ellos, que fueron parte muy importante de nuestras vidas y folklore.
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