Paciencia PDF Imprimir E-Mail
Escrito por Oscar Eugenio Dubon Palma, el tal Tachus, agradeciendo Su misericordia.   
martes, 06 de enero de 2009

“Tú que te dices casa de Jacob, ¿Acaso se ha agotado el Espíritu de Jehová? ¿Son estas sus obras? ¿No hace bien mis palabras al que camina rectamente?” Miqueas 2:7

Dentro de este mensaje duro a Israel, Dios plantea tres preguntas que nos abre la oportunidad de aplicarlas a nosotros y conocer más de la paciencia del Altísimo, y para eso recordemos la historia que originó esta profecía. (1era Reyes 21:1-15). El rey Acab había tratado de comprar la viña de Nabot y este se había opuesto. La esposa del rey, Jezabel, le aconsejó que hiciera valer su poder. Entonces envió gente que hablara mal de Nabot y que atestiguara en contra de él, de manera que lo sacaron de su viña y lo lapidaron. Con el dueño muerto, Jezabel conminó a su esposo a que se quedara con la viña. Por eso esta palabra en Miqueas se llama ¡Ay de los que oprimen a los pobres! Y empieza, “¡Ay de los que en sus camas piensan iniquidad y maquinan el mal, y cuando llega la mañana lo ejecutan, porque tienen en sus manos el poder!” Ante la gravedad del hecho, Dios sentencia que el mal vendrá sobre ellos y, si recordamos el fin de estos personajes, Acab fue muerto y Jezabel terminó con sus entrañas en la tierra comida por los perros. Ahora, notemos que en medio de esta plantea Dios lo que consigna el verso 7.

Vemos que las dirige a los que se consideran casa de Jacob que aplicado a nuestra época, entendemos que es a todos aquellos que se dicen ser seguidores de Dios y que actúan en la forma en que actuaron Acab y Jezabel. La opresión a los pobres utilizando una posición, es abominación a Dios y caen en esto todos aquellos que aprovechando su status, se portan mal con el que no tiene. En este caso matan al dueño de la viña codiciada, pero si ampliamos el panorama podemos incluir a los que teniendo como, privan a los pobres de tener una mejor vida. Fuera del ámbito de los hijos de Dios esto es común, pero dentro del Cuerpo de Cristo sabemos que tenemos la orden de auxiliar al necesitado, por eso al decir, tú que te dices casa de Jesucristo, la situación se vuelve preocupante. Por un lado por la implicación del señalamiento en cuanto a quienes incluye y por otro, al hecho señalado, porque, no solo debemos ver el trato con los pobres sino el testimonio en general.

  • La primera pregunta se refiere a la paciencia de Jehová, a pesar de toda la forma inadecuada en que se comportan los que dicen ser casa de Jesucristo, Él está dispuesto a perdonar por medio de la sangre de Su Hijo derramada en la cruz. En el capítulo 50 de Isaías Dios envía un mensaje alentador para los que confían en él y les dice, “¿Acaso se ha acortado mi mano para no poderos rescatar?”. Ambas preguntas hablan de misericordia, notemos que no se refieren al poder de Dios, este es real, pero el uso de este poder para salvar a pesar de las rebeliones, es porque no “se ha acortado el brazo y el Espíritu de Jehová”. Él siempre está dispuesto a recibir al que regresa a Su senda.
  • La segunda pregunta es muy reveladora. Conocer cuales son las obras de Dios y cuales no, hacen una gran diferencia en la concepción de nuestra relación con Él. Las obras malas no provienen de Dios y el apóstol Santiago en su carta universal dice en el capítulo 1, “Amados hermanos míos, no erréis. Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces, en el cual no hay mudanza ni sombra de variación.”
  • La tercera nos confronta a una realidad que siempre hemos divulgado en estas meditaciones: la palabra de Dios hace bien a los que caminan de acuerdo a Sus ordenanzas, pero es dañina a quienes están fuera de la voluntad de Dios. El acercarse a la Biblia produce confrontación y como es espada de dos filos, hace bien a quien está bien y mal al que está mal. El que tiene la intención de caminar con Dios y se equivoca, la palabra lo hace recapacitar y ordenarse, pero, al que no la tiene, le produce rebeldía y termina alejándose más. La paciencia de Dios es de acuerdo a Su misericordia, ¡gracias a Dios por su don inefable!

Y a ti, ¿te hacen bien las palabras de Dios?

Oscar Eugenio Dubon Palma, el tal Tachus, agradeciendo Su misericordia.



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