Falsa interpretación PDF Imprimir E-Mail
Escrito por Oscar Eugenio Dubon Palma, el tal Tachus, ¡victorioso en Cristo Jesús!   
lunes, 19 de enero de 2009

“Estos confían en carros, y aquellos en caballos; más nosotros del nombre de Jehová, nuestro Dios, haremos memoria.” Salmos 20:7

Ayer encerramos en signos de interrogación la pretensión de que la victoria sea nuestra y decimos pretensión porque a la luz del capítulo 45 de Isaías (que acompaña a otros de igual o parecido mensaje), Dios es el Creador de todo y en otro pasaje afirma que “Él es el dueño de la victoria”. Entonces, se nos presenta un problema: si una persona actúa fuera de la voluntad de Dios y logra, utilizando sus fuerzas, una victoria, ¿de quien es? Buen tema para que pasemos unos minutos meditando.

La Biblia define una victoria final tanto para Dios como para el hombre. Cuando hablamos de victoria final quiere decir que esta está integrada por la suma de varias victorias porque sino, no dijera final. La de Dios está claramente definida en el Apocalipsis en donde se describe el momento en que sus enemigos serán destruidos y echados al lago de fuego. El mismo Padre le dice a su Hijo Jesucristo, “Ven y siéntate a mi diestra, en tanto pongo a tus enemigos por estrado de tus píes” y esto se logrará cuando se lleve a cabo lo que mencionamos. Para llegar a esta victoria final fueron necesarias otras victorias como la que protagonizó Jesucristo en la Cruz del Calvario venciendo la muerte al resucitar.

En cuanto al hombre, en el mensaje a las siete iglesias que aparecen en los primeros capítulos del Apocalipsis (2 y 3), la victoria final es mencionada varias veces. Veamos. A Éfeso: Al vencedor le daré de comer del árbol de la vida…; a Esmirna: El vencedor no sufrirá daño de la segunda muerte; a Pérgamo: Al vencedor le daré de comer del maná escondido…; a Tiatira: Al vencedor que guarde mis obras hasta el fin,…; a Sardis: El vencedor será vestido de vestiduras blancas,…; a Filadelfia: Al vencedor yo lo haré columna en el templo de mi Dios,…; a Laodicea: Al vencedor yo le concederé que se siente conmigo en mi trono, así como yo he vencido y me he sentado con mi Padre en su trono.

Las siete iglesias representan a la iglesia de todos los tiempos y al final de cada mensaje resalta la victoria final, en el último mensaje habla de la victoria de Jesucristo y que al humano que coseche su victoria le hará partícipe de la suya. Esta victoria final está precedida por varias victorias que suceden en la vida del cristiano y esta secuencia nos ilustra que, las victorias logradas dentro de la voluntad de Dios, soportan la victoria final. La secuencia inicia con la aceptación de Jesucristo como Salvador, en donde el creyente se apropia de la victoria de la cruz.

Pero si, las victorias son logradas fuera de la voluntad de Dios, no son parte de la secuencia que estamos hablando y por favor, pensemos que para alguien que está dentro del Cuerpo de Cristo, Dios no permite que se obtenga una victoria fuera de su voluntad, esto sería fatal porque se entraría en un acomodo. Para los que no son redimidos, las victorias son posibles y es lógico que tengan la percepción de que ellos son los autores de las mismas y por eso se “inflan” desmedidamente interpretando falsamente la voluntad permisiva de Dios y caen en los errores que relata el capítulo 1 de la carta a los Romanos.

Meditemos. Es Dios el que da la victoria y cuando se camina como el rey David que “era de acuerdo al corazón de Dios”, Él le da la victoria a donde quiera que vaya. Veamos la magnitud de lo que estamos afirmando, porque, si hay cristianos en derrota es porque se salen de la voluntad de su Señor. Fijémonos, aún en los procesos de prueba y disciplina cuando un cristiano regresa arrepentido y busca la cobertura de Dios, las victorias espirituales no se hacen esperar y al salir del proceso, “…da fruto apacible de justicia” (Hebreos 12:11b) Revisemos el por qué Dios le dio la victoria a dondequiera que fuera al rey David y encontraremos que este rey siempre reconoció que la victoria era de Jehová y para eso se humilló eliminando el “yo egoísta” de su lenguaje. Dios quiere que sus hijos estén siempre cosechando victorias.

Y tú, ¿a quien le asignas tus victorias?

Oscar Eugenio Dubon Palma, el tal Tachus, ¡victorioso en Cristo Jesús!



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