| ¡Mi hija ojeada! |
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| Escrito por Dr. Carlos Wohlers | ||||
| miércoles, 27 de agosto de 2008 | ||||
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Finalizaba el año 1987, último trimestre, nuestro hogar es bendecido con la llegada de una bebé, producto de nuestro amor. Las cinco y cuarenta minutos de la mañana transcurrían, cuando por fin después de una noche completa de desvelo, finaliza el trabajo de parto de mi esposa, auxiliada por la doctora Salazar, en el hospital privado del Dr. De la Cruz. Veintiuno de Octubre, es el inicio de una nueva vida en nuestro núcleo familiar. Después de unos días agitados por la llegada de María Esther, nuestra vida regresa a su rutina normal. Viajé a Senahú, era parte de mi trabajo particular que a la vez me permitía ver a mis padres. Logré en esa oportunidad convencer a papá para que nos acompañara a un viaje de paseo, aprovechando que aún gozaba de unos días de vacaciones del trabajo que desempeñaba en el hospital Regional de Cobán, como Sub-director administrativo. Era muy difícil que saliera de casa, sin embargo aceptó acompañándome de regreso a Cobán, decidido a emprender una aventura. Nuestra meta era Tapachula, México, hicimos los preparativos con mi esposa y nuestra bebita que aún no cumplía cuarenta días de vida. Nos condujimos en nuestro vehículo, una camioneta marca Subaru, color gris plateado. Al llegar a la capital casi al medio día, papá solicitó pasar un momento a visitar a mi hermano Eduardo, por quien siempre preguntaba. Así se hizo, pasamos un momento saludando y luego reiniciamos el viaje vía Escuintla donde aprovechamos para almorzar un delicioso caldo de mariscos, algo que yo sabía que le fascinaba, por supuesto acompañado de las respectivas cervecitas. María Esther no molestaba, quietecita, dormida la mayor parte del tiempo. Llegamos entrando la noche, cansados a Tecún Umán, allí buscamos la vivienda de Mundo, mi primo, quien con Chiqui su esposa nos atendieron de maravilla. Al siguiente día cruzamos la frontera, sin problema alguno, siguiendo las recomendaciones del primo, disfrutamos nuestra estancia en ese bello lugar, a pesar del calor que para nosotros era sofocante. La nena pasó irritada, la temperatura ambiental era bastante fuerte. Por la tarde, ya un poco más fresco, iniciamos nuestro regreso a Tecún Umán a la casa del primo, allí pernoctamos y accediendo a la invitación de los anfitriones pasamos un día más, previo a iniciar el retorno a casa. La noche siguiente dormimos en Quetzaltenango, ninguno de nosotros conocía un lugar específico para hospedarnos, por lo que decidimos entrar al primer hotel que vimos; la construcción era vieja, el cielo raso era de madera, a bastante altura, al ingresar y estar unos minutos nos dimos cuenta que era demasiado frío, percibimos que no lo íbamos a soportar, especialmente papá que por su edad, era el más afectado. Decidimos abandonar ese lugar y nos fuimos sin rumbo definido en busca de uno mejor; gracias a Dios llegamos a uno que resultó ser de los padres de un ex compañero de estudios de la Antigua Guatemala. Al reconocerme, nos atendieron bastante bien. El día siguiente a la diez de la mañana iniciamos nuestro retorno por la ruta conocida como la zona fría, de regreso a la ciudad capital y luego hacia Cobán. Dos días después, al ver la desesperación de papá por regresar a Senahú, decidimos ir a dejarlo. María Esther sin dar ningún problema, aprovechó el tiempo para dormir. A mitad del trayecto, en La Tinta, aldea de Panzós, hoy un pujante Municipio, descendimos del vehículo frente a una tienda para descansar un momento y tomar algo; don Guayito una cervecita bien fría y ya satisfechos continuamos. A la altura del río Candelaria, y en jurisdicción de Senahú, la nena empezó a llorar y llorar, nuestro recorrido se hizo más lento por estar atendiéndola. Llegamos a casa a eso de las dos de la tarde aproximadamente. Cada vez el llanto era mayor, y preocupado decidí medicarla con acetaminofen, pensando en un posible dolor. Se le evaluó clínicamente y afortunadamente no había ningún signo que orientara a algún diagnóstico en particular. El tiempo fue pasando, la desesperación en nosotros era cada vez mayor al ver que no podíamos resolver el problema, por lo que le indiqué a mi esposa que nos regresáramos a Cobán, pensando en que el llanto podría ser un signo de algo más serio. Estábamos hablando cuando mamá llegó y se acercó para preguntar: -¿Ya se alivió la nena? –No, le respondí y le agregué: -Nos vamos a regresar. Ella se quedó viendo a Maria Esther y luego dice: -Esperemos un momento, tal vez ya le va a pasar. Se retiró. Nosotros comenzamos a preparar las cosas que se habían desempacado. Como a los diez minutos, mamá regresa, pero no sola, venía acompañada de doña Elena, nuestra vecina, quien con mucho respeto nos saludó a mi esposa y a mí y dice: -Disculpe doctor, pero doña Güicha me pidió que viera a la nena, porque dice que está muy mal. –Si, así es y creo que vamos a regresarnos porque no se que pueda ser, le respondí. –Si usted me permite la voy a ver y conocer, dijo doña Elena. –Pase adelante, le indiqué. Después regresó y nos dice: - “Dr. la nenita esta ojeada, de sol”. Yo no creía realmente en ésto pero por la misma desesperación y la imposibilidad de hacer algo, me le quedé viendo y la interrogué: -¿Usted, eso cree? Y ¿que hay que hacer? -Si usted me permite yo la voy a curar, me indicó. Salió rumbo a su casa, y regresó con unos huevos, algunas hierbas como el jiquilite, tres puntas de güisquil, tabaco y algunas cosas más. Quedó sola en la habitación procediendo a realizar su labor, y como por arte de magia, la nena después de casi tres horas de llanto se silenció. Entramos a verla, y después de amamantarla se quedó dormida por varias horas. Al despertar estaba completamente normal y pasó muy bien los dos días que estuvimos en casa de mis padres. Platiqué con doña Elena después de esa tormenta y me dijo: -Ustedes, sacaron a la nena bajo el sol al medio día y no la protegieron. Fue verdad, cabalmente en la Tinta, eso sucedió. Visitas: 69
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