La Llantona PDF Imprimir E-Mail
Escrito por Carlos Wohlers   
martes, 15 de enero de 2008
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La Llantona
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    Como ocurre regularmente en los pueblos, dentro de la población existen personas que se caracterizan por tener rasgos muy marcados en su físico, en su personalidad y en su actitud de vida. Dentro de este conglomerado, también hay personas que son audaces, sagaces, para analizar a los demás y de inmediato rebautizarles con un sobrenombre.

    Así sucedió hace muchos años, quizás unos cuarenta y cinco. En el pueblo vivía una muchacha de estatura alta, si se comparaba con la media normal de ese entonces, algo gordita, se podría decir, término medio, con cabellos largos de un color negro azabache, que al llevarlos sueltos rebasaban la cintura; cara redondeada con ojos grandes, cejas bastante pronunciadas, nariz aguileña, boca grande, con los labios gruesos, y una sonrisa que le hacía lucir unos dientes bien alineados y blancos. Los pechos abultados y la cintura ceñida con el lazo que le sostenía la enagua. Siempre se le veía con su traje típico tradicional y su aspecto era de una persona aseada, llevando de calzado, caites. Se sabía que había emigrado de una aldea lejana al pueblo, en busca de mejores oportunidades de vida.

    No pasó mucho tiempo para que fuera conocida por la población del área Urbana.

    Cuando salía de la casa de Don Arnoldo, donde la alojaron y le dieron su primer trabajo como sirvienta, su comportamiento era de una mujer coqueta, risueña con todo el mundo, todos percibían que era adicta al sexo opuesto, por lo que se rumoraba que era muy amorosa, se decía que le gustaba compartir sus atributos físicos con grupos de adolescentes y algunas personas mayores que la conquistaban.

    Alguien la bautizó con el mote de La Llantona, por su tamaño y corpulencia, comparándola con una llanta de camión o camioneta que se veían en esos tiempos, así era conocida y nadie la llamaba por su nombre.

    Un día sábado, unos jóvenes en un lugar estratégico, cercano a la vivienda donde ella trabajaba, esperaban la entrada de la noche, con la esperanza de que saliera, ya habían controlado a que hora era normal que la enviaran a hacer alguna compra. No tuvieron que esperar mucho, salió casi corriendo de la casa con destino a la tienda más cercana. Fué interceptada por uno de los muchachos, quien en el idioma Q`eqchi`, único que ella hablaba, logró entablar una conversación y después de malabares y engaños la logró convencer para que se reunieran a platicar en el lote ubicado en la parte posterior de la casa donde trabajaba, al regresar de hacer el mandado.

    No tardó mucho, ellos ya estaban dentro, habían subido con disimulo por las gradas de la iglesia y luego descendieron a su objetivo, que estaba en colindancia.



 
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