| ¡Ah Coco! |
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| Escrito por Carlos Wohlers | ||||
| domingo, 10 de febrero de 2008 | ||||
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¿Y ese título? Se preguntará quien haga esta lectura, pues bueno, para los que no saben, o para las nuevas generaciones, hace muchos años en el barrio Santiagüilá, vecino a las viviendas de Don Ernesto Tení, la familia Marush Moya y sus hijos, en la casa que hoy día es habitada por la familia Luna y que es propiedad de los González, vivió una señora de profesión Maestra y que laboraba en la Escuela Urbana, todos la conocíamos como seño Ruth. Tenía dos hijos varones y dos mujeres, el menor era “Coco”. El sobrenombre se le atribuyó debido a las características no muy compasivas que la naturaleza le dio a su cabeza y cabello, que eran idénticas a ver una fruta tropical de ese nombre, cuando se le quita bruscamente toda la cáscara, quedando únicamente la parte sólida con hilachos, así era la cabellera de nuestro personaje cuando se lo dejaba crecer, por lo que siempre lo llevaba bastante corto. Nació y vivió muchos años en nuestro pueblo hasta que por azares del destino, sin despedirse de amigos que le recordamos todavía con mucho aprecio, se vio en la necesidad de emigrar como muchos lo han hecho hacia el Norte, en busca de mejores oportunidades de vida. Lo último que supimos de él, ya hace mucho tiempo, fue que residía en la ciudad de Miami, Estados Unidos de Norteamérica, al igual que su hermano Julio. El resto de la familia según he sabido residen en El Estor Izabal. Más o menos de mi edad, o posiblemente uno o dos años mayor, lo que nos permitió tener una bonita relación de amistad en nuestra niñez y parte de nuestra juventud, compartimos muchas travesuras, nos gustaba jugar al fútbol lo que hacíamos en el patio de la casa de mis padres; siempre andaba corriendo y era bastante inquieto, y hoy día dirían hiperactivo. Llegaba todos los días, siempre anunciándose con un silbido que teníamos de clave y las veces que no lo hacía, se sentía su ausencia, porque lo considerábamos parte de la familia. Papá, a quien todos conocían como don Guayito, siempre estaba en su taller, dedicándose a hacer los trabajos que le demandaban, de soldadura, trabajos en torno, en la fragua, etc. Una de sus habilidades que nos llamaba mucho la atención, en especial a mí, era cuando se proponía derretir algunos metales. Pasaba horas enteras dándole vueltas al ventilador de la fragua, para alcanzar las máximas temperaturas, y así lograr su objetivo, para luego ya transformados en líquidos, vaciarlos en moldes o recipientes que él mismo hacía, para construir alguna pieza que le era necesaria. En una ocasión, después de varios intentos que habían sido infructuosos y ya con el molde preparado para hacer una pieza de motor grande y con forma ovalada, procedió con mucho cuidado, protegiéndose las manos con unos pedazos de cuero que consiguió por algún lado de su taller y con toda delicadeza desplazó el recipiente que contenía el metal derretido y lentamente lo fue volteando hasta vaciarlo lentamente. Al poco rato, el procedimiento había finalizado exitosamente, a pesar de estar solo. Revisó que el molde ya lleno estuviera en un lugar seguro y para descansar un poco de toda la tensión vivida en el trabajo salió rumbo a la casa, con su particular modo de andar, en busca de una sabrosa taza de café. Sentado en la mesa, deleitándose en la bebida, también producto de su trabajo agrícola, no dejaba de pensar en lo que había hecho y preguntándose en lo que tendría que hacer para mover el molde y sacar de él, la nueva figura de hierro que estaba forjando. Transcurrió el tiempo y al reanudar su trabajo, se percató de que aún la temperatura del material fundido estaba alta; sentía prisa en ver el resultado, por lo que con riguroso cuidado levantó el molde auxiliado con unas tenazas rudimentarias y con destreza lo desplazó al banco, donde lo golpeó con un martillo durante unos minutos hasta extraer la nueva pieza. Su rostro estaba lleno de satisfacción. Revisó todo su contorno y muy contento la dejó a la orilla, muy cerca de donde estaba la prensa, por escasez de espacio. Era necesario dar tiempo para el enfriamiento, por lo que para aprovechar este tiempo decidió continuar con otra cosa, que lo obligaba a utilizar la prensa. En un descuido, por mover unas llaves pasó trayéndola y cayó al piso. En un intentó por salvarla de la caída trató de detenerla, lo cual no fue posible y le cayó directamente sobre el dedo gordo del pie derecho. |
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